Entonces, el ángel Fanuel soltó la cuerda que ataba al
burro y anduvo a su lado, mostrándole el camino a la casa de María. Todo fue
bien hasta que, a medio camino, pasaron por un lugar tan lindo como el burro
nunca había visto: se trataba de un jardín con césped, muchas flores, mariposas
de todos los colores, muchos árboles que daban excelente sombra, una arroyo con
una cascada cuyo sonido era muy reposante. El burro pensó: "¡Es aquí que
me quedo yo!"
El ángel se sorprendió al ver que el burro se empacaba
y se negaba a dar un paso más. Pero pronto se dio cuenta que ese lugar no era
real porque había pasado muchas veces por ahí y nunca lo había visto. Pensó:
"O es un espejismo, o es una obra del diablo, que ya quiere meter la cola
para que el burrito no llegue al final de su camino".
El ángel se paró junto al burro y le dijo al oído:
- No te olvides que Dios te necesita y te está
esperando.
El burro, que es inteligente y sabe que la felicidad no está en disfrutar la vida (aunque a veces lo olvide), sino en hacer el bien y servir a los demás, sobre todo a Dios, inmediatamente cayó en sí y volvió a caminar leve y coqueto.
El burro, que es inteligente y sabe que la felicidad no está en disfrutar la vida (aunque a veces lo olvide), sino en hacer el bien y servir a los demás, sobre todo a Dios, inmediatamente cayó en sí y volvió a caminar leve y coqueto.
Continuando por el camino, tuvieron que pasar por un
bosque en el que el diablo había preparado otra trampa: un lobo escondido en el
bosque, esperaba al burro para saltarle sobre el lomo y matarlo. Sin embargo, en
el momento en que el lobo iba a saltar, Fanuel sintió el peligro y le gritó al
burro:
- ¡Mira a tu izquierda!
El burro volvió rápidamente los cuartos traseros hacia
la izquierda y dio una patada tan fuerte como nunca había dado antes. Le dio de
lleno al lobo, que fue a parar a varios metros de distancia, completamente
inconsciente.
- Miro, fue por poco que el burrito escapó. La suerte
fue que Fanuel tenía intuición angelical y tuvo tiempo de advertirle. Se debe
tener cuidado en esta vida, porque cuando menos te lo esperas el diablo puede
estar al acecho. Como dice el refrán, con la tentación no se juega. A veces
puede venir de una manera violenta, pero a veces viene a hurtadillas, como un
espejismo.
Pronto llegaron a la casa de María. Fanuel ató el burro
a la puerta, y le indicó al burro que diera un fuerte rebuzno.
Al oír el rebuzno, María se dio cuenta de inmediato
que Dios había escuchado su oración y fue a abrir la puerta. Se encontró con el
burro y tanto se emocionó de alegría que le dio un beso en el medio de la
frente. El ángel Fanuel, que observaba escondido la escena, vio que en la
frente del burrito había aparecido una estrella muy brillante, en el punto
exacto en el que María lo había besado. Se lo contó al burro, que quedó muy
orgulloso con su condecoración y pensó consigo mismo: "No fue nada el
susto que me llevé en el camino, en comparación con el premio que ahora estoy
recibiendo. Espero que siempre me vengan a través de María, caricias como estas
..."
Al día siguiente, temprano, María preparó el equipaje
y partió hacia las montañas montada en el burrito. Pasó tres meses en la casa
de Isabel, que era anciana, estaba embarazada y necesitaba ayuda. Cuando
regresó, María llevó al burrito de regalo a José, como su dote de casamiento.
José quedó encantado con el burro desde el momento en que lo vio y le dio el
nombre de Lucero debido a la brillante estrella que llevaba en la frente.
Desde entonces, Lucero pasó a ser el animal de
transporte y de carga de la Sagrada Familia, viajando con ellos a todas partes.
Cuando las carreteras se ponían oscuras, la estrella de la frente brillaba, permitiendo
que todos pudieran ver el camino y que no se perdieran.
Cuando se llamó al censo, José, María y Lucero
partieron a Belén. José iba al lado de Lucero
que llevaba a María con el Niño Jesús en su vientre. Salieron hacia
Belén pensando que podrían volver rápidamente para que Jesús naciera en
Nazaret. Se habían olvidado de la profecía que decía que el Mesías nacería en
Belén y no se imaginaban que la burocracia y la afluencia de gente fueran tan
grandes allí.
José comenzó a llamar a las puertas de las casas del
pueblo para pedir posada. Pero todos decían, tal vez debido al avanzado estado
del embarazo de María, que no había lugar para ellos en sus hogares.
Lucero fue perdiendo la paciencia y no aguantó
quedarse en silencio, después de la cuarta tentativa fracasada, les dijo a José
y María:
- Si quieren puedo dar una patada y romper las puertas
de las casas, para que aprendan a no cerrarle las puertas a Dios.
María, después de recuperarse de la sorpresa al ver
hablar a un burro, le dijo a Lucero, acariciándolo:
- No vas a hacer nada de eso porque ellos no saben que
están cerrándole la puerta a Dios. Vamos a perdonarlos. Dios proveerá un buen
lugar para que nos abriguemos.
Pasaron por una posada que estaba llena de gente, pero
José no quiso alojarse allí porque no había nada de privacidad. Por último,
llamaron a la puerta de una casa más sencilla que las anteriores. Los
propietarios abrieron y les dijeron:
- Por desgracia, esta casa es demasiado pequeña y no
hay lugar para ustedes. Pero, si quieren puede quedarse en una gruta cerca de
aquí, que utilizamos para abrigar a los
animales los días de fuertes lluvias.
Y para allá se fueron.
