domingo, 31 de julho de 2011

1.1- Los cuentos de la abuela Zuza



EL CUENTO DE LOS ANIMALES DEL PESEBRE

Me llamo Valdomiro. En mi país es muy común que los nombres coincidan con los de los padres o abuelos, o que sea una combinación con partes de los nombres de parientes cercanos. En mi caso, es la unión de la parte final del nombre de mi abuelo materno, Os-valdo, con mi abuelo paterno, Arge-miro. Pero nadie me llama por mi nombre, en la familia materna, soy Valdo, en la paterna, Miro. Y con el tiempo me he acostumbrado a ser llamado de ambos formas.

Hoy  me han venido a la memoria algunos buenos recuerdos de las quince Navidades que pasé en Pouso Alto. A cada Navidad se la esperaba con impaciencia. Era el tiempo de rever a mis más de cincuenta primos que venían de todas partes de Brasil para celebrar el cumpleaños de nuestra abuela, la abuela Zuza.

 No piensen que nuestra abuela se llamaba Zuza. Su nombre era muy bonito: por haber nacido el día de Navidad, mis bisabuelos le dieron el nombre de María de Jesús. Pero con el tiempo, su nombre se fue transformado: María de Jesús pasó a ser apenas "de Jesús", Jesusinha, Zuzinha ... para convertirse en simplemente Zuza.

La abuela Zuza tenía muchas cualidades, entre ellas la paciencia - tan necesaria para educar a sus trece hijos, y la dulzura de carácter y de cocina. Me explico: hacía unos dulces de calabaza con coco como nunca comí otros iguales, sus tortas de naranja y su dulce de guayaba casero también eran inmejorables, las galletas de crema eran "del otro mundo" ... Pero la cualidad que más me impresionaba era la de ser una excelente contadora  de "causos", como dicen en Minas Gerais, quizás la mejor entre todos los contadores de la ciudad de Pouso Alto.




Entre las Navidades que pasé con la abuela Zuza, hubo una muy importante porque ella me contó la historia más maravillosa que he escuchado en mi vida: la de los animales del pesebre,  que me reveló algunos de sus principales secretos.

 El Pesebre había  sido arreglado en la amplia sala. Se componía, además de las de la Sagrada Familia, de trece figuras humanas que había ido comprando poco a poco: con cada hijo que nacía, la abuela de Zuza adquiría una imagen que representaba al nuevo miembro de la familia. Cuando le preguntábamos dónde estaban ella y el abuelo, señalaba sin decir una palabra pero con cara de traviesa,  un par de palomas que había colocado en la ventana de la casita del Presepio. Nosotros simplemente nos echábamos a reír.

 También estaban allí las tradicionales figuras de animales: un burro, una vaquita lechera y algunas ovejitas.

En ese entonces tenía yo unos quince años, estaba mirando el Pesebre cuando, sin darme cuenta, la abuela Zuza se me acercó y me preguntó en voz baja:

 - Miro, ¿en qué estás pensando?

 - Abuela Zuza, estaba pensando, ¿por qué has puesto un burro, una vaca y algunas ovejitas en la casita, tan cerca de Jesús, María y José? ¡Estos animales están más cerca del Niño Jesús que los hombres!

 Ella empezó diciendo, con la forma con que siempre empezaba sus "causos":

 - Esta es una larga historia, pero si tienes tiempo, te la puedo contar ...

 Siempre teníamos tiempo para escuchar sus historias increíbles. Sin embargo, para oírlas, teníamos que "jugar el juego": actuar como si creyéramos en todo lo que contaba y aceptar ser tratados como niños, a veces, ya que para la abuela Zuza, con sus setenta años, no pasábamos de esto. Si empezábamos a dudar de lo que decía, la historia no llegaba al final: la abuela  la interrumpía amablemente con alguna excusa. Yo, en plena adolescencia, tenía que hacer un gran esfuerzo para no llevarle “la contra” y aceptar ser tratado como un niño. Pero valía la pena ya que me gustaban mucho sus historias. A su vez, a la abuela le gustaba nuestra participación y que hiciéramos preguntas inteligentes que exigiesen respuestas rápidas y creativas.

- Todo comenzó con la creación del mundo, dijo ya empezando en serio el "Causo".

 En ese momento, pensé: "іUyyy... Esta vez la historia va a llegar lejos!..."