EL CUENTO DE LOS ANIMALES DEL
PESEBRE
Me llamo Valdomiro.
En mi país es muy común que los nombres coincidan con los de los padres o
abuelos, o que sea una combinación con partes de los nombres de parientes
cercanos. En mi caso, es la unión de la parte final del nombre de mi abuelo
materno, Os-valdo, con mi abuelo paterno, Arge-miro. Pero nadie me llama por mi
nombre, en la familia materna, soy Valdo, en la paterna, Miro. Y con el tiempo
me he acostumbrado a ser llamado de ambos formas.
Hoy me han venido a la memoria algunos buenos
recuerdos de las quince Navidades que pasé en Pouso Alto. A cada Navidad se la esperaba
con impaciencia. Era el tiempo de rever a mis más de cincuenta primos que venían
de todas partes de Brasil para celebrar el cumpleaños de nuestra abuela, la abuela
Zuza.
No piensen que nuestra abuela se llamaba Zuza.
Su nombre era muy bonito: por haber nacido el día de Navidad, mis bisabuelos le
dieron el nombre de María de Jesús. Pero con el tiempo, su nombre se fue
transformado: María de Jesús pasó a ser apenas "de Jesús", Jesusinha,
Zuzinha ... para convertirse en simplemente Zuza.
La abuela Zuza tenía
muchas cualidades, entre ellas la paciencia - tan necesaria para educar a sus
trece hijos, y la dulzura de carácter y de cocina. Me explico: hacía unos dulces
de calabaza con coco como nunca comí otros iguales, sus tortas de naranja y su
dulce de guayaba casero también eran inmejorables, las galletas de crema eran
"del otro mundo" ... Pero la cualidad que más me impresionaba era la
de ser una excelente contadora de "causos",
como dicen en Minas Gerais, quizás la mejor entre todos los contadores de la
ciudad de Pouso Alto.
Entre las Navidades
que pasé con la abuela Zuza, hubo una muy importante porque ella me contó la
historia más maravillosa que he escuchado en mi vida: la de los animales del
pesebre, que me reveló algunos de sus
principales secretos.
El Pesebre había sido arreglado en la amplia sala. Se componía,
además de las de la Sagrada Familia, de trece figuras humanas que había ido
comprando poco a poco: con cada hijo que nacía, la abuela de Zuza adquiría una
imagen que representaba al nuevo miembro de la familia. Cuando le preguntábamos
dónde estaban ella y el abuelo, señalaba sin decir una palabra pero con cara de
traviesa, un par de palomas que había
colocado en la ventana de la casita del Presepio. Nosotros simplemente nos
echábamos a reír.
También estaban allí las tradicionales figuras
de animales: un burro, una vaquita lechera y algunas ovejitas.
En ese entonces tenía
yo unos quince años, estaba mirando el Pesebre cuando, sin darme cuenta, la
abuela Zuza se me acercó y me preguntó en voz baja:
- Miro, ¿en qué estás pensando?
- Abuela Zuza, estaba pensando, ¿por qué has
puesto un burro, una vaca y algunas ovejitas en la casita, tan cerca de Jesús,
María y José? ¡Estos animales están más cerca del Niño Jesús que los hombres!
Ella empezó diciendo, con la forma con que
siempre empezaba sus "causos":
- Esta es una larga historia, pero si tienes
tiempo, te la puedo contar ...
Siempre teníamos tiempo para escuchar sus
historias increíbles. Sin embargo, para oírlas, teníamos que "jugar el
juego": actuar como si creyéramos en todo lo que contaba y aceptar ser
tratados como niños, a veces, ya que para la abuela Zuza, con sus setenta años,
no pasábamos de esto. Si empezábamos a dudar de lo que decía, la historia no
llegaba al final: la abuela la interrumpía
amablemente con alguna excusa. Yo, en plena adolescencia, tenía que hacer un
gran esfuerzo para no llevarle “la contra” y aceptar ser tratado como un niño.
Pero valía la pena ya que me gustaban mucho sus historias. A su vez, a la
abuela le gustaba nuestra participación y que hiciéramos preguntas inteligentes
que exigiesen respuestas rápidas y creativas.
- Todo comenzó con la
creación del mundo, dijo ya empezando en serio el "Causo".
En ese momento, pensé: "іUyyy... Esta vez la historia va a
llegar lejos!..."
